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En este 18 de septiembre, sacamos del baúl de los recuerdos los tradicionales carritos maniceros que recorrían a lo largo de nuestro país.

“¡Maní, maní, calentito, el maní, maní!”, una simple frase que transporta a la imagen del paquetito generalmente armado de papel de diario, de generosas porciones de maní y hasta a veces con la conocida “yapa”.

Antiguamente se consideraba una tradición escuchar el “pitito” que anunciaba la llegada del señor de delantal junto a su carrito manicero en forma de locomotora o barco, que se instalaba en plazas y parques familiares, este junto a su carrito, vendía sus confites, como algodón de azúcar y el característico maní tostado y calentito que tenía al interior de su horno ambulante.

Los inicios de este fueron en Cuba y en gran parte de todo el Caribe, en ese entonces, los maniceros eran vendedores ambulantes que abarcaban gran parte de las ciudades, llevabando su mercancía de maní, ya tostada, en cestas y morrales. 

Luego, con el tiempo, se vieron más seguido en Uruguay, Argentina, y poco después, en Chile, cuyos países ya hicieron tradición a los vendedores que instalaban su pequeño horno en las calles con un medio barril como bracero, donde se tostaba el maní para su venta.

Con respecto a la fachada de los hornos, las locomotoras y barcos son principalmente con fines de marketing, e imitando la forma de vender que es muy usada en toda España y Portugal para vender castañas asadas.

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